La clase de la lado

 


Todos en algún momento de nuestra vida nos hemos sentido pequeños y en un ámbito que quizás no era el más cómodo para nosotros.

Muchas de estas situaciones se dan en el entorno escolar y gran parte de culpa la tienen los maestros, ya que aunque pretendamos esconder el favoritismo es muy difícil hacerlo. Esto no debería de ser así, pues la escuela es un espacio de formación para la vida y a esta debes enfrentarte con todas tus ganas y fuerza, no sintiendo que a nada que hagas te van a pisar.

Cuando estas en la etapa de secundaria normalmente estos favoritismos se tienen por aquel alumno que mejores notas saca, el más atento, el más aplicado… y el resto somos los que no vamos a llegar a nada en nuestra vida y por tanto esa actitud que tiene el maestro contigo te hace sentir en un ridículo constante cuando estas con tus compañeros.

Siendo sinceros estudiar nunca ha sido lo mío. Nada me gustaba, nada me motivaba y a pesar de haberme sacado todos los cursos escolares en el año que me correspondía, desde bien pequeña me ha costado (y le ha costado a todo mi entorno) sudor y lágrimas. Por lo tanto en su inmensa mayoría los profesores me hacían sentir que no era nadie y que estaba muy por debajo del resto de mis compañeros.

Acabé el instituto y mis padres decidieron que la mejor opción era matricularme en un ciclo formativo de grado superior. Yo me sentía fatal, todo mi entorno entrando a la universidad y yo estancada en un ciclo… Recuerdo que ese verano decía comentarios positivos (que yo no me creía) sobre el ciclo formativo a mis amigos, solo para intentar sentirme mejor y además aparentar que yo estaba feliz con esa decisión. A medida que se acerba el inicio del ciclo lo tenía un poco más asimilado y tenia ilusión.

A día de hoy no me arrepiento de nada de esa etapa, podría decir que fue la mejor que he vivido. Los profesores un encanto, todos éramos iguales, todos valíamos para todo, nadie era menos capaz que nadie. Y los compañeros una familia. Allí nos enseñaron a respetar a los demás y a respetarnos a nosotros mismos. Para mi fue crucial, esa etapa me cambio, me hizo sentirme a gusto conmigo misma, a no sentirme inferior a nadie y a demostrarme que de verdad valía. Tenia ilusión por estudiar y por seguir formándome en ello. 

Puesto que mis hermanos siguen en el colegio que yo estudie, en alguna ocasión me he vuelto a encontrar con esos profesores que me hacían sentir pequeña. Al principio cuando los veo se me forma la coraza de pensar que no daban un duro por mi y que posiblemente sigan con ese pensamiento, pero después recapacito y pienso que soy feliz, que hasta día de hoy he conseguido todo lo que me he propuesto y que ¿por qué no iba a presumir de ello? A si que les comienzo a contar todo lo que he conseguido “soy educadora infantil, me estoy preparando para ser maestra y a la vez estoy trabajando”.

Gracias a mi recorrido me he dado cuenta de que en la vida nadie nos enseña a gestionar nuestras emociones y terminamos generando una coraza que cubre corazón y alma. Esto me ha enseñado a que yo como futura docente tengo una labor muy importante: enseñar a mis alumnos desde pequeños a hacerlo. Que si en algún momento se sienten ahogados, paren, recuerden quienes son, que han conseguido y levanten la cabeza, orgullosos de ellos. Tenemos que dejar de pensar que otras personas son perfectas y tu no, todos somos perfectos y adecuados para ser nosotros y nadie podría sustituir nuestro papel.